El mundo, en su inmensidad, es sí mismo una carretera que la mayoría de nosotros desea recorrer. Como amante de los viajes, decidí aventurarme a conocer el continente
Africano. Partí en un viaje de treinta y un días. Primer paraje: Mozambique. El principal motivo, el hecho del idioma ser el mismo que el mío (portugués) y también por tener conocidos viviendo en ese país Africano: Esos factores, para quien viaja sola como yo, son fundamentales a la hora de decidir el destino. Me acuerdo el primer día en el cual salí sola a la calle. Temperatura, sonidos, olores, colores…Todo se mezclaba en mis sentidos, penetrándome los ojos, los oídos, la nariz con una intensidad tan fuerte y acelerada que aún hoy me cuesta describirlo.
Digamos que ya he estado por bastantes países, pero nunca había sentido el shock de sensaciones que sentí ese día en la capital de Mozambique. Maputo es una ciudad en ruinas, donde los edificios que
Digamos que ya he estado por bastantes países, pero nunca había sentido el shock de sensaciones que sentí ese día en la capital de Mozambique. Maputo es una ciudad en ruinas, donde los edificios que
existen aún son de la época de los colonizadores portugueses. Ciudad repleta de vestigios del Viejo Mundo Europeo, repleta de destrozos: Edificios cayendo, aceras destrozadas. Pisar el suelo es casi una maniobra de riesgo, donde al mínimo descuido te puedes jugar tu integridad física. Pero, por entre todos eses destrozos, aparecen nuevos edificios que florecen como las plantas en primavera. El “nuevo” que intenta implantarse, la mistura de épocas, de clases sociales tan desequilibradas como no había visto nunca: un banco al lado de una casa de tierra, un buen restaurante al lado de los nativos que venden comida en la calle, un centro comercial que emerge por entre los destrozos de algo que un día habrá sido nuevo y bonito, pero que se quedó ahí, pudriéndose. Todo debido al gran investimento extranjero, que no solo está experimentando Mozambique, como también otros países africanos.
En África no existe el tiempo. Por lo menos no existe el tiempo tal como nosotros lo concebimos. No hay horarios, no importa no tener trabajo, no importa faltar a tus obligaciones. Solo se piensa en el presente y en satisfacer el deseo o necesidad inmediata. No existen planes de vida complejos.
Durante mi permanencia en Maputo tuve la oportunidad de hacer voluntariado en una institución portuguesa, designada Casa do Gaiato, gestionada también por un padre portugués. Me acuerdo que el padre José María nos contaba a los voluntarios que la aldea donde estaba el orfanato, la aldea de Masaca, a cerca de cuarenta kilómetros de la capital de Mozambique, había sido construida casi en su totalidad por él: Les enseñó a cultivar con poca agua y les construyó su primera casa de cemento. Un hombre que siempre ha creído en la igualdad entre europeos y africanos, moviéndose según el lema: Si yo puede hacerlo, ellos también lo harán. Poca gente hay así en Mozambique. La mayoría de los europeos que viven en Maputo, principalmente portugueses, siguen manteniendo las costumbres del espirito colonialista: Todos tienen empleados negros, un guarda a la puerta de casa, entre otras costumbres que sería impensable que las tuviesen en sus países de origen. No hay empleados blancos, porque según las “leyes morales” de la sociedad Mozambicana, los blancos están hechos para mandar.
Partí con el objetivo de buscar afinidades y multiplicidades entre pueblos, aprender de sus culturas, creencias y esperanzas, de sus singularidades. Un país en desarrollo acelerado, cambiando todos los meses, todas las semanas, todos los días. Paisajes espectaculares, playas paradisiacas, marisco barato y buen tiempo todo el año. Extrema simpatía por la parte de los nativos, aunque lo más espectacular de todo es el hecho de haber podido experimentar algo tan diferente, en todos los sentidos, de lo que uno está acostumbrado. Esto es Mozambique. El conocimiento puede estar en los libros, pero existen cosas que hay que sentir para saber exactamente lo que son y África no se limita a lo que está escrito en los libros. Sobre todo se ha quedado en mí un extraño deseo de volver a pisar esa tierra roja.
Durante mi permanencia en Maputo tuve la oportunidad de hacer voluntariado en una institución portuguesa, designada Casa do Gaiato, gestionada también por un padre portugués. Me acuerdo que el padre José María nos contaba a los voluntarios que la aldea donde estaba el orfanato, la aldea de Masaca, a cerca de cuarenta kilómetros de la capital de Mozambique, había sido construida casi en su totalidad por él: Les enseñó a cultivar con poca agua y les construyó su primera casa de cemento. Un hombre que siempre ha creído en la igualdad entre europeos y africanos, moviéndose según el lema: Si yo puede hacerlo, ellos también lo harán. Poca gente hay así en Mozambique. La mayoría de los europeos que viven en Maputo, principalmente portugueses, siguen manteniendo las costumbres del espirito colonialista: Todos tienen empleados negros, un guarda a la puerta de casa, entre otras costumbres que sería impensable que las tuviesen en sus países de origen. No hay empleados blancos, porque según las “leyes morales” de la sociedad Mozambicana, los blancos están hechos para mandar.
Partí con el objetivo de buscar afinidades y multiplicidades entre pueblos, aprender de sus culturas, creencias y esperanzas, de sus singularidades. Un país en desarrollo acelerado, cambiando todos los meses, todas las semanas, todos los días. Paisajes espectaculares, playas paradisiacas, marisco barato y buen tiempo todo el año. Extrema simpatía por la parte de los nativos, aunque lo más espectacular de todo es el hecho de haber podido experimentar algo tan diferente, en todos los sentidos, de lo que uno está acostumbrado. Esto es Mozambique. El conocimiento puede estar en los libros, pero existen cosas que hay que sentir para saber exactamente lo que son y África no se limita a lo que está escrito en los libros. Sobre todo se ha quedado en mí un extraño deseo de volver a pisar esa tierra roja.










